La Opinión

Le di una taza de café y doña Lucila me regaló mucho más

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“Hola… ¿Cómo está?”, le dije a una señora hermosa que estaba sentada en el Centro Comercial Santa Mónica de la UNAH. e

Ella era de tez trigueña, con una mirada muy dulce, vestía una falda de corte recto color negro, un suéter  blanco con un delantal y con un trapo en la cabeza para taparse del sol o la brisa, la acompaña un trapo y un bote con agua.

Su respuesta fue increíble: “Muy bien, gracias a Dios, comenzando con pie derecho este año”.

Me sorprendió porque creo que en la situación de ella al menos yo lo dudaría de responder así, y estoy segura que varios de aquí también. Ella sobrevive con lo que la gente tenga la voluntad de darle.

Su nombre es Lucila Valeriano de 74 años y es originaria de Cantarranas, madre de dos hijos y abuela de siete nietos, usted se preguntará ¿qué hace en Tegucigalpa? y la otra pregunta de cajón es ¿Por qué pide si tiene familia?.

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Bueno, hay cosas ilógicas en esta vida y una de esas es esto, por más necesidad o situación que yo esté pasando nunca se me pasaría por la mente tirar a la suerte a mi mamá.

“Mis muchachos son hombres de bien, lo que pasa que ellos ya hicieron sus familias y ya así es más complicado y a mí no me gusta ser carga de nadie, por eso decidí venirme para acá, desde hace seis años”, dijo doña Lucila.

Me dio un sentimiento de tristeza.

Ella vive de lo que las personas le den, pero esto es hasta hace poco, por hasta hace poco trabajaba de aseadora en el Hospital Escuela Universitario, pero por problemas de salud se salió.

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“Yo padezco bastante de la presión y en esta vida uno le tiene que buscar de todo, yo aprendí a tomarme la presión sin necesidad de aparato, me lo enseñó un doctor, cuando a mí me brinca la vena del brazo o del cuello sé que la ando baja y voy a los restaurantes que me regalen café o coca”, agregó.

Cuando le pregunté dónde se queda a dormir me dijo que en la aldea Suyapa.

“Una señora con un enorme corazón me deja dormir en su casa, claro que yo me tengo que rebuscar para la comida, no todo es tan bonito”, dijo con una sonrisa picaresca.

La plática se estaba poniendo buena y en eso la invité a un café negro como a ella le gusta. Fue entonces que le pregunté cómo le ha ido iniciando este 2017.

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PARENTESIS: Yo me refería a cuestión de dinero.

Muy amable me contestó: “Excelente, mire que estoy tomando mi propia taza de café este año y no culitos, aparte estoy platicando con usted y ya días no lo hacía con alguien”.

Muy probable esta columna no la lean los hijos ni mucho menos los nietos, pero sí quiero llamar la atención en dos cosas:

Una: como hijos estamos llamados a honrar a nuestros padres, ellos fueron mucho antes de cualquier cosa y recordemos el sacrificio que ellos hicieron por nosotros independientemente de la casa que usted venga  pobre, rica siempre se hace un sacrificio.

Y dos: no se necesita mucho para hacer feliz a otra persona y no es tanto a ella, si no lo bien que le hacen esas personas a usted, así que se encuentra a doña Lucila invítela un café, una semita y póngase a platicar con ella, le prometo que usted va a salir ganando.

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Fotos: Frank Aguilera.