Caminandito, caminandito, como dice mi padre, me tiré un “raite” por el Paseo Liquidámbar” al final de La peatonal. A medida avanzaba escuchaba, entre los gritos y la bulla, la dulce melodía que salía de las cuerdas de un violín.
El estuche hacía las veces de alcancía, y una calle peatonal era el escenario perfecto para que Melvin Zanabria, un músico que se dedica a deleitar a la gente que transita día a día por estos adoquines, llegue cada mañana al centro de la capital, pues desde que regresó de Mexico se dio cuenta que en nuestro país no existe una orquesta…
¿Desde cuándo se dedica a tocar en las calles?
No tengo trabajo, no hay un trabajo estable para mí; por eso me vengo aquí a la calle a tocar y hacer lo que sé.
¿Apartando la calle, en donde mas lo pueden ver?
Bodas, cumpleaños, conciertos, teatros, exposiciones de pintura… Todavía hay gente que me contrata.
A medida transcurría el tiempo, Melvin ejecutaba el violín como si no hubiese un mañana, y jóvenes y adultos se acercaban para aportar con uno o dos lempiras y para saludar a este músicio que le da un toque de elegancia y de antigüedad al trayecto.
¿Por qué la calle y no en una orquesta?
No hay orquesta aquí, las que están son bandas. Maduro la cerró como cualquier pulpería, la cara de Honduras fue ensuciada como cualquier cosa, sin pensar que gracias a la Orquesta en el Mitch se recibieron donativos. No sé por que son así.
¿Mantiene a sus hijos a puro violín?
Eeeeeehhh, gracias a Dios no tengo hijos, no quiero imaginarme cómo estarían si vivieran aquí, más incómodos que yo, porque sin trabajo no hay dinero, y sin dinero no hay comida.
Y ya no puede contestar más. El trabajo lo llama. Violín en mano, y complaciendo a un transeúnte, Melvin sigue con su repertorio.
Aquí no hay un maestro que dirija, aquí no hay una numerosa orquesta. aAquí solo existe él, su violín y la gente.


















