La foto es de mi amigo Nahúm Aguilar. La subió a su Facebook con el siguiente mensaje: “Las cosas bonitas que siempre ha tenido el fútbol. ¿Cuántos paileamos un sábado a buena mañana? Hoy me encontré con esta escena que me recordó mi niñez…”.
Todos los que somos jugadores frustrados -y también los que triunfaron-, viajamos alguna vez en pailita.
Yo recuerdo el Kiamaster rojo de mi tío Jorge -además de la emoción de ir a jugar, con mis primos insultábamos o le lanzábamos elotes a las personas, ja, ja, ja-, y aquellos balones Mikasa criminales y los famosos Goleadores de Caprissa que nos hacían creer que era los que usaba el Macho Figueroa.
José Mayorga señala que los de la foto “Van a las ligas menores; ese equipo se llama Lacayo”.
Allí cada quien sueña a que es Messi, CR7, Amado Guevara, Carlos Pavón, Rambo de León, David Suazo, Noel Valladares…
No importa que los balones sean más duras que las piedras, o que los tacos estén desgastados y que los uniformes no tengan color, pues la pailita se llena de risas y de chistes, y siempre se jode al más humilde.
Allí van, incómodos, pero felices, como si viajaran en los asientos de cuero del bus del Madrid, de la Juventus o del Manchester United.
Apiñados. Unos sentados sobre el borde de la paila, otros de pie.
“Agárrese bien”, hijo, es la recomendación de la madre al hijo, antes de lanzar la bendición que lo protege de accidente o de fracturas de tobillo, y también le ayuda, ¿por qué no?, a realizar la atajada del partido o a anotar el gol que define el campeonato.
No sé en qué posición de la tabla está el Lacayo FC.
Lo que sí puedo asegurar es que desde sus cipotes tienen corazón de campeones…
















