La lucha diaria por hacer cuarenta lempiritas…

FOTOS: SERGIO MONTERO

Iba caminando por el semáforo del Juan Pablo II, como a la una y treinta y con un sol que que raspaba el alma, cuando vi a dos señores sentados en plena acera que pelaban pepinos y se los comían con sal.

Lo que me llamó la atención fue que su recipiente eran hojas de periódico, y como venía cansada decidí sentarme y hacerles compañía. Me acerqué, los saludé y les pedí permiso para sentar con ellos bajo la sombra.

Inmediatamente me dijeron que sí, y al instante me ofrecieron pepinos. Obviamente no dudé en aceptar, mientras empezábamos una conversación.

Lo primero que hicieron fue darme sus nombres y edades: Miguel Andino de 77 años y Rosa María López de 82.

– Ajá, mama, ¿y usted vive por aquí?

-No, doña Rosa, yo trabajo por aquí y ustedes? -le contesté.

-Uy,  mamita nosotros vivimos lejos, vivmos por el cementerio general

-¿Y que andan haciendo acá?

– Pues aquí nos venimos a descansar debajo de este palito, como hay sombra.

-Tan lejos se vienen a descansar? -pregunté curiosa.

-No, mama, mire le vamos a contar la historia, nosotros salimos desde las seis de la mañana a recoger latas, botellas, aluminio, varilla y a ver qué otras cosas encontramos… Luego los vendemos porque tenemos que hacer todos los días el hospedaje, son cuarenta lempiras diarios.

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-¿En serio? ¿Y con la comida cómo hacen?

-Ay, mama, nosotros pasamos con lo que la gente tiene voluntad… Estos pepinos nos los dio la señora de aquí al frente.

– ¿Tienen hijos, doña Rosa?

-Sí tuvimos dos.

-¿Y dónde están?

-Esos fueron unos malagradecidos, se fueron a la costa y se olvidaron de nosotros.

-¿Nunca más los volvieron a ver?

-No, mija -dice doña Rosa.

-Nuestra vida es dura yo soy veterano de guerra retirado y nunca he recibido nada del Estado, mire a nuestra edad y seguimos trabajando, y solo es para medio vivir la verdad, solo para hacer los 40 lempiras del cuarto -interviene don Miguel.

-Mama, ya nos vamos, porque nos puede agarrar el agua, porque con el paso que caminamos, ya se imagina, aparte ahí donde vivimos más tarde se pone feo -dice doña Rosa.

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La plática que fue breve. Historia triste y conmovedora, aunque con un fuerte lazo que los unirá hasta que la muerte los separe: EL AMOR.

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