¿Cómo te caería una minuta con este calor?
José Grandes recorre la capital a pie acompañado de su carreta. En ella carga un cubo de hielo, servilletas, leche condensada, jarabe de colores y sabores, y las ganas de sacar una sonrisa a cualquiera que se encuentre en la calle y lo detenga para comprarle un raspado o minuta.
Quince Normal, veinte con leche condensada. El día comienza cuando baja del popular barrio Buenos Aires a las seis de la mañana y las llantas de la carreta dan vuelta por la cuesta que lo lleva hasta donde sus proveedores.

Su recorrido es largo. De Buenos Aires sale a las seis de la mañana y regresa hasta que el cubo de hielo se ha derretido por completo.
Su andar lo lleva por el bule, la Universidad, Villas de Sol, Lomas y cualquier lugar que tenga calle.
“Mire, compita, para que usted ande en la calle necesita ser humilde, callado, andar avispa, si un chófer le tira el carro allí déjelo, si lo asaltan, no se le ponga al tiro, si usted camina tranquilo en la calle no lo van a matar”, dice con simpatía.
¿Desde cuándo en este rubro?
Esta historia inicia desde que las minutas costaban diez centavos, en 1982 comenzó a vender en el popular coloso capitalino Estadio Nacional”, allí comencé a vender minutas, imagínese a diez centavos -responde.

¿Cuando hace frío cómo hace?
Me jodo. Cuando hay esos frente frío me quedo en la casa, a la gente no le interesa ver nada helado, cuando el clima está así pasan hasta siete días que no ajustamos ni un huevo.
En el camino se encuentra con propios y extraños que su único objetivo es refrescarse y congelarse la mema con una minuta de estas manos que guían el rumbo de la carreta donde va un paraíso convertido en hielo.
“Me voy porque el camino es largo”
Fueron las palabras que nos dejó este vendedor de minutas que se lleva la mayor parte del día caminando y refrescando a todo el que se le pone en frente y pide que le venda una minuta.

Su objetivo derretir un cubo de hielo y convertirlo a los populares y reconocidos raspados de fruta, así nos refrescamos el día con don José, que asegura que solo Dios y el frío lo detienen.
Fotos/ Sergio Montero.



















