“¿Sabés quién viene para acá?”, le preguntan a Dolmo Flores. “No… ¿Quién?”, responde. “El Indio Ruiz”, le dicen. Y Dolmo suelta una sonrisota.
Media horas más tarde, en un hotel de San Lorenzo atestado de clientes, las dos leyendas del fútbol hondureño se abrazan con cariño.
“No jodás, Indio, teníamos como cinco años de no vernos”, le dice Dolmo, el más hablantín de los dos. El Indio le pregunta cuántos lleva en este pequeño paraíso del sur de Honduras. “Vine el viernes”, le dice quien ha sido el mejor puntero izquierdo en la historia de este país en el que se sentencia a cárcel basados exclusivamente en el testimonio de una persona.
Pero esa es otra historia y no tiene nada que ver con esta historia, que bella, gloriosa, nostálgica.
-Se me subió la presión por el calor. Cuando llegué, el man de una lancha me preguntó si quería darme un raite y le dije que no. “Ni Chelato me mete tanta presión como vos. Otro día, alero” -contó Dolmo.
Y todos los que fuimos testigos del reencuentro nos reímos. Dolmo y El Indio, titulares indiscutibles de aquel Olimpia campeón de Concacaf del 88, verdugos de ticos, mexicanos, salvadoreños, hondureños. (Los gringos no existían en ese entonces).
Dolmo, el hombre que le dio el centro para que Juan Carlos Espinzoa definiera la final del 87 contra Martahón, anda con su esposa y su hija, y nos invita a una cerveza.
-En la delantera eran Dolmo por la izquierda; Juan Flores por el centro; Rata Contreras por la derecha -les recuerdo.
-En la media eran Viera, Flaco Hernández y JC Espinoza. En defensa Zapata, Sambulá, INDIO Ruiz y Rudy Williams -dice Dolmo.
-Malinowski solo nos motivaba… Nunca nos decía cómo teníamos que jugar -dice El Indio.
-¿Y qué nos iba a decir? -señala Dolmo-. Éramos un equipazo.
La generación del Facebook no vio a estas dos grandes leyendas. Sólo les diré que Olimpia no volvió a tener un puntero zurdo como Dolmo y un central como El Indio.
¡Respeto al pronunciar sus nombres, carajo!
-¿Siempre estás con los niños del Olimpia? -le pregunta Dolmo.
-Sí, siempre -responde-. Y le enseña el escudo con el león bordado sobre el corazón. ¿Y dónde más?
Es algo breve. El Indio va almorzar y luego regresa a Tegucigalpa. Dolmo se quedará un día más en el hotel. “Cuidate, papá”, le dice Dolmo. Se abrazan. Y El Indio se va.
“Ese man era macho en la defensa”, dice Dolmo, mientras ve alejarse a su viejo amigo de tantas batallas ganadas y tan pocas perdidas.
“Macho en defensa”, repite. Y se termina la cerveza.


























