No sé su nombre, ni quién era o por qué lo hizo. Simplemente sé que un hondureño de buen corazón se tomó la iniciativa se regalarle unos minutos agradables a dos chicos que trabajan en las calles de Tegucigalpa.
Generalmente, siempre que salgo de las oficinas de RadioHouse camino hacía mi casa, de esta forma entro en contacto con la gente y la realidad.
De esta manera tuve la dicha de ser testigo de esta escena que para muchos podría parecer insignificante, pero para estos dos jóvenes no.
Ocurrió el jueves pasado, eran casi las siete de la noche, yo me dirigía hacia mi casa y comenzaba a lloviznar, por lo que aproveché para entrar al Espresso Americano que está frente a la Curacao, abajo del bulevar Suyapa.
Entré, pedí mi Mochachino como siempre y para mi sorpresa veo cómo un hombre le estaba comprando una granita a estos dos cipotes con aspecto sucio y de ropa rota.
“Deme dos granitas y dos sándwiches”, le dijo el hombre a la cajera de Espresso, pagó se despidió de los cipotes, le deseó suerte y luego se fue.
Los cipotes con cara de apenados y algo desubicados se sentaron a esperar su pedido.
Me llamó mucho la atención la cara que tenían ellos dos, miraban a su alrededor como que si nunca habían estado en un lugar así; su emoción aumentó cuando una de las empleadas les dijo que podían jugar en las tabletas que estaban en la mesa.
A lo que los cipotes ni lentos ni perezoso aprovecharon a tener su momento de tranquilidad y de placer. Puede que uno de los únicos que podrían tener en mucho tiempo.
Me acerqué a platicar con ellos, me dijeron que se llamaban Luis y Juan, que trabajan de lo que sea en las calles, que vivían en Comayagüela y que nunca habían probado una granita.
Y esa noche la probaron gracias al muchacho de buen corazón.



























