Arpía, la operación más grande de Latinoamérica, ejecutada en ocho fases, seis meses y 28 días, no sólo logró trasladar con éxito a 4 mil 817 reos -muchos de ellos autores intelectuales y materiales de masacres, extorsiones, secuestros y robos-, sino que además le dio el tiro de gracia al Centro Penal de San Pedro Sula.
En la operación no había margen de error.
La Fuerza de Seguridad Interinstitucional Nacional (Fusina) mostró todo su músculo. Toda su capacidad operacional y de inteligencia.
El resultado final: “Cerrado para nunca más abrirse el viejo centro penal sampedrano o lo que muchos llaman “la universidad del crimen”.
Un enorme letrero con la leyenda “CERRADO” es la coronación de una obsesión del propio JOH, a quien se le metió entre ceja y ceja cerrar este tenebroso lugar.
LAS CIFRAS
La operación militar se llevó a cabo en ocho fases ejecutadas con precisión milimétrica en seis meses y 28 días.
En ese tiempo y a través de la Operación Arpía fueron movilizados esos 4 mil 817 privados de libertad hacia cárceles de máxima seguridad y otras cárceles del país.
Entre los reclusos trasladados, en su mayoría de las penitenciarías de San Pedro Sula y Támara, Francisco Morazán, se cuentan 2,514 integrantes de maras y pandillas.
De estos, 1,417 permanecen pagan por atroces delitos en “El Pozo I”, en Ilama, Santa Bárbara y 1,097 en “El Pozo II” de Morocelí, El Paraíso.
Esta población recluida en cárceles de máxima seguridad están ahora bajo estrictas medidas de control, aislados de la sociedad hondureña a la cual ya no pueden dañar ordenando extorsiones, masacres, crímenes de impacto y hasta secuestros.
La fiesta y los privilegios se acabaron.
En el pasado quedaron sus días de fechorías desde los centros penales, donde tenían lujos, comodidades, armas, drogas y hasta un club nocturno para entretenerse con esclavas sexualidad.
HISTORIAS DE SANGRE
En las vetustas instalaciones donde hasta ayer funcionaba el centro penal sampedrano, hoy solo queda un sepulcral silencio.
Por más de seis décadas en sus celdas y pasillos se escribieron con sangre historias de terror, sufrimiento y corrupción.
Esta cárcel era sinónimo de masacres, amotinamientos, asesinatos múltiples y selectivos, corrupción y fugas, extorsiones y depravación.
Los programas de reeducación y rehabilitación inexistentes entre tanta podredumbre.
El fin de esta oscura historia comenzó su capítulo final en marzo de 2015, cuando el presidente Juan Orlando Hernández ordenó el primer traslado de privados de libertad desde el centro penal de San Pedro Sula.
Además anunciaba el cierre definitivo del mismo por representar un peligro para los sampedranos.
Los traslados a menor escala continuaron, pero fue el 19 de septiembre de 2016 en que comenzó la peor pesadilla para los integrantes de maras y pandillas.
La orden fue clara: Deben ser enviados a cárceles de máxima seguridad. Sus crimenes los deben pagar pero en “Los Pozos”.
El 15 de marzo de 2017 dio inicio “Operación Arpía”. La fiesta se acabó para todos los reos de alta peligrosidad.
De immediato el delito de extorsión se redujo en un 80 por ciento según cifras de la Fuerza Nacional Antiextorsión (FNA).
Las estadísticas también indican una reducción en los índices de homicidios, logrando un reconocimiento nacional e internacional por parte de la ciudadanía, organismos del Estado y de la organización Índice de Paz Global, misma que hace unos años ubico a Honduras como el país más violento del mundo.
Hoy las puertas de la “Universidad del Crimen” se cierran para siempre, los sampedranos podrán dormir tranquilamente, ya no escucharan gritos, disparos ni el ruido perturbador del equipo de sonido durante las 24 horas del día.
Hoy San Pedro Sula y su pueblo trabajador se anota una victoria más en ese anhelo de recuperar la paz y la tranquilidad.

























