«El que se va a Sevilla, pierde su silla» – EXPLICACIÓN

Todos los viernes nos enteramos del origen de una frase, me refiero a esas que todos entendemos pero cuya historia desconocemos, así como las siguientes: «A ojo de buen cubero«, «¡Dejen de buscarle tres pies al gato!» y «¡A llorar a La Dalia«, entre otras.

Bueno, llegó el momento de conocer el nacimiento de otra expresión, y aunque esta se utiliza más en España que en otras partes del mundo, lo cierto es que igual ha tenido impacto, sino pregúntenle a mi hermano menor, pues mientras miraba la televisión me levanté al refrigerador a buscar algo que comer, y cuando regresé no solo había ocupado mi lugar, sino que hasta de canal había cambiado.

Bien campante el cipote me dijo…

«El que se va a Sevilla, pierde su silla»

¿Por qué utilizamos esas palabras para tomar posesión de algo que quedó descuidado por un tiempo? Sinceramente no lo sé, o al menos no lo sabía, ya que hemos encontrado el nacimiento de la frase.

Se trata de una teoría general, y para conocer la misma debemos viajar en el tiempo.

EXPLICACIÓN

Todo nos remonta a España en el Siglo XV (15), durante el reinado de Enrique IV (1425-1474) en Castilla, aunque debemos recalcar que él no es el protagonista.

En realidad los personajes principales de esta historia son dos arzobispos que curiosamente tenían el mismo nombre y eran familiares; uno era el arzobispo de Sevilla, Alonso de Fonseca «El Viejo» (Tío), y el otro era el arzobispo de Santiago de Compostela, Alonso de Fonseca «El Mozo» (Sobrino).

En un principio la relación entre ambos era muy buena, tanto así que el sobrino le solicitó ayuda a su tío, esto para calmar los ánimos en la región de Galicia, pues era un escenario que en ese entonces tenía diversas revueltas, y claro, él era inexperto para tratar las mismas.

Como era de esperarse «El Viejo» aceptó y partió hacia tierras gallegas, dejando a «El Mozo» en Sevilla ocupando su lugar hasta que él regresara, o bueno, eso era lo que pensaba.

El tío realizó su trabajo y al volver se encontró con una gran sorpresa, y es que su sobrino se negaba a devolverle la silla arzobispal sevillana. La situación fue tan delicada que tuvo que intervenir la armada del Duque de Medina Sidonia y de Beltrán de la Cueva, así como el rey Enrique IV y el mismísimo papa Pío II para restablecer la situación inicial.

Estos hechos marcaron el origen de la expresión en cuestión, y queda claro que originalmente era «Quién se fue de Sevilla, perdió su silla», sin embargo la misma se ha modificado a «Quién fue a Sevilla, perdió su silla», esto por los cambios temporales que se dan al mantener viva una idea, pasándola de generación en generación hasta el presente.


SIGNIFICADO DE LA FRASE EN LA ACTUALIDAD
Se emplea para referirse a la pérdida de privilegios o posesiones que se tenían por el mero hecho de haberlos abandonado durante unos momentos o un tiempo.