Dos horas con muletas para llegar a la escuela

Un paso a la vez. Despacio por esa calle de tierra por la que debe caminar dos horas para llegar temprano a la escuela.

La gorrita de color azul.

La mochila en la espalda.

La misma rutina de lunes a viernes: levantarse a las cinco de la mañana, alistarse, desayunar rápido y luego empezar a recortar la distancia que lo separa de la escuela Anicteo García, de Chinacla, La Paz.

Solo siete años tiene este pequeño campeón de la vida.

Las muletas de madera -se las hizo don Hilario Ventura, su padre-, son sus compañeras insuperables. Es como si de repente la calle se convirtiera en un océano de piedras y polvo en las que él, Oscarito, rema con un coraje que estremece, mientras las gotitas de sudor bajan por su frente.

Un paso a la vez,

Rema que rema. Sin quejarse. Sin señalar a nadie. Sin preguntar «¿Por qué yo?».

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«Oscarito nació con un impedimento para caminar -dice don Hilario-. Al comienzo se arrastraba por el suelo, era doloroso. Pero le hice las muletas».

Dos horas de ida, dos horas de regreso.

Y el pequeño campeón no se doblega.

«Quiero ser doctor para curar pacientes. Con ese pisto compraré un carro para llevar a mis hijos hasta La Paz», dice Oscarito.

Niño ejemplar.

¡Aprendamos de él!

Hace unos días inició el segundo grado. Su meta: superar el promedio de 92 que obtuvo en primero.

«Estoy muy orgulloso de mi hijo… El presidente Juan Orlando le entregó el Premio Espíritu de Superación el año pasado», dice su padre. Y se le nota el brillo de orgullo en los ojos.

¡Y cómo no! Si Oscarito se para frente a esa calle de tierra que es como un enorme océano para el, y con la punta de las muletas separa las aguas y empieza a caminar, paso a paso, con la gorrita azul y la mochila llena de cuadernos y de sueños en la espalda.

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Oscarito recibió el año pasado en Casa Presidencial el premio Espíritu de Superación y Excelencia Académica.