Usted va tranquilamente, y con la paciencia de Job, haciendo fila en una calle de Tegucigalpa y de repente, ¡Zas!, bien un penco sin educación y se le mete a la brava, a huevos.
Y sale mejor frenar, porque si no, chocan, y ese es problema, porque uno no sabe quién es el que conduce el otro carro, y peligroso sale con un “cuete” en la mano. A eso hay que agregarle que hay que esperar a que llegue Tránsito, pregunten quién tuvo la culpa, que hay que ir al juzgado, que luego el man que tuvo la culpa empieza con lloretas, y después no quiere pagar…
¡Es un dolor de testículos o más feo que ver llegar a la suegra en pleno domingo!
Antes se decía que “tenía que ser taxista” o “ya vas de taxerdo”, pero ahora es algo generalizado: manejamos como animales, sin respeto a los demás.
Tegucigalpa es la jungla de concreto donde sobreviven los más fuerte, los “bracos”, los conchudos, los abusivos.
Taxistas, buseros, rapilocos, mototaxis (cipotes culos cagados que se meten en contra vía sin importales que esas burbujas en que se conducen son más frágiles que la Alianza de la Oposición), camioneros, rastras, vehículos particulares y motos hacen de las suyas y que se aparte el resto de babosos que sí respetan las señales de tránsito.
Los animales se pasan por ya sabés dónde los semáforos en rojos, los altos, las zonas blancas para peatones, imvaden carriles, se suben a las aceras, van chateando…
Desde el perol más hecho leña hasta Prados, Hummers y otras naves que cuestan millones, porque no se trata de tener dinero ni estudios universitarios: es que somos pencos y patanes por naturaleza, malcriados, incultos, mentes simiescas que el abuso lo quieren solucionar después a los golpes o con pistola, tal es de torcido su comportamiento de “macho a mí me vale ver…#$e%”.
¡Dios nos agarre confesados!









