Por FABRICIO CASTILLO
En las calles de Juticalpa, Olancho, el nombre de Rigoberto Flores García es muy reconocido. Es el personaje que vende en las equinas de las principales avenidas de Juticalpa agua y naranjas, apoyado en ocasiones en una bicicleta y en otras en silla de ruedas.
Rigoberto es considerado un milagro de Dios, pues aún tiene incrustado en su cabeza una bala que le dispararon unos mareros hace 17 años, precisamente el 28 de noviembre del año 2000.
“Yo trabajaba de guardia de seguridad en una compañía; en esa ocasión un compañero me pidió que le hiciera el turno, con tan mala suerte que hubo un apagón y los mareros me dispararon y me robaron el arma”, cuenta.
-“¿Mamá, cuántos años tengo?” -le pregunta Rigoberto a su madre, Laura Estela Flores, que está a su lado.
-Tenés 43 años, hijo – le contestó.
“Ahhh, lo que sucede es que no estoy seguro de muchas cosas, pues a
raíz del disparo en la cabeza, donde tengo aún el proyectil, estuve en coma y no me acuerdo de muchas cosas”, cuenta.
Además, le afectó el brazo y la pierda derecha, en la cual porta un instrumento ortopédico.
Un ejemplo
A pesar de las secuelas que le ha provocado el incidente, Rigoberto Flores se define como un ejemplo para los que deambulan por la calle.
“Yo miro mucha gente que pide y eso no es lo mío”, asegura.
“Pensaba matarme cuando estaba postrado en mi casa, porque no quería depender de nadie”, confiesa.
Pero todo cambió –dice- cuando salí a la calle y me puse a trabajar. “Comencé vendiendo agua, después anduve pesando personas y hoy vendo naranjas”.
“Hay futuro, hay esperanza, las ganas de trabajar no se me quitan”, asegura Rigoberto Flores que está agradecido con el presidente Juan Orlando Hernández porque le regaló una vivienda digna en la colonia “Ana García”.
Amor de madre
Junto a Rigoberto siempre ha estado a su lado su madre Laura Estela Flores, quien no ha escatimado esfuerzos para lograr que su hijo siga viviendo con entusiasmo y alegría.
“Cuando lo balearon lo llevaron al Hospital Escuela; por la gravedad de sus heridas me dijeron que solo duraría tres mes y que podían hacer un experimento con él”, cuenta doña Laura Estela.
Al escuchar esas palabras, doña Laura Estela tomó valor, agarró una silla de ruedas, subió a su hijo en ella y se lo llevó para la casa.
“Mi hijo estaba vegetal y ciego; pero como pude lo llevé a la Teletón y al Hospital San Felipe para que lo viera un oftalmólogo y hemos logrado un gran avance”, asegura.
“Toda la vida he luchado por mi hijo, desde que nació. Yo lo amo”, añadió.
“Él es un milagro de Dios, porque tiene la bala incrustada en su cabeza”. Así se despide doña Laura Estela, quien está decidida a seguir luchando por su hijo…y él, pese a su incapacidad, a seguir vendiendo agua y naranja para ayudarle a su madre.





















