Son las cuatro AM. Me levanto y me voy al cuarto de mi hijo para arroparlo. Es algo que hago dos o tres veces por madrugada. Verlo dormido me llena de paz.
Luego tomo agua y mecánicamente me conecto a Facebook. Estoy sentado y empiezo a bajar, leo comentarios de amigos y de repente, allí, en la página oficial de RADIO PROGRESO, está la noticia, brutal, como un puñal frío que se hunde en el alma:
¡ASESINAN A BERTA CÁCERES!
Tengo que leer la noticia otra vez:
¡ASESINAN A BERTA CÁCERES!
Pienso que estoy dormido y que es una pesadilla, así que leo una y otra vez, pues llego a creer que se trata una de esas noticias falsas que circulan a diario por la redes sociales:
¡ASESINAN A BERTA CÁCERES!
¡ASESINAN A BERTA CÁCERES!
¡ASESINAN A BERTA CÁCERES!
¡Dios mío, que no sea verdad! Se me va el sueño. Me entra un frío triste en el cuerpo. Leo la noticia una y otra vez, y otra vez y otra vez.
Esto dice RADIO PROGRESO: “Tomás Membreño, miembro de la Coordinación General del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Hondura (Copinh), informa que Berta Cáceres fue asesinada en La Esperanza, Intibucá. Los asesinos entraron a su casa aproximadamente a la 1 am para matarla”.
“Berta, líder indígena del pueblo lenca de Honduras -agrega la nota-, había recibido reiteradas amenazas a muerte por acompañar las luchas de defensa de su pueblo y además de sufrir persecución política y órdenes de detención”.
Berta era la coordinadora general del Copinh.
La periodista Gilda Silvestrucci confirma la noticia: “BERTA CACERES, líder lenca, asesinada esta madrugada por sujetos que forzaron las puertas de su casa para acabar con su vida. Junto a ella había otra persona que estaba de visita en el país”.
Otros amigos, Kenny Castillo y Omar Menjívar escriben y lamentan la noticia. “La mezcla de impotencia, indignación y enérgica condena ante el asesinato de la más valiente, genuina y constante luchadora hondureña que conocí”, dice Omar.
La noticia estremecerá al país y le dañará su imagen, cualquiera que haya sido la razón de este cobarde asesinato (aunque lo más coherente es pensar que la asesinaron grupos poderosos de este país).
Mientras escribo me caen mil ideas encima. Y algunos recuerdos, de cuando yo trabajaba en el Congreso Nacional y la veía, micrófono en mano, en la plaza donde está el indio Lempira, y lanzaba discursos encendidos y valientes en los que denunciaba las injusticias a los que son sometidos los pueblos indígenas en Honduras.
Allí hablamos un par de veces, siempre a la carrera. Berta me simpatizaba. Y la admiraba.

La BBC de Londres escribió esto de ella en abril del año pasado: “Ni las amenazas de violarla y lincharla. Ni las amenazas de atacar a su madre y secuestrar a sus hijas. Ni el asesinato de sus compañeros.
Una madre de cuatro hijos cuya campaña contra un polémico proyecto hidroeléctrico con financiación internacional le valió esta semana uno de los premios ambientales más prestigiosos globalmente, el premio Goldman.
“Crecí en un hogar dirigido sólo por mi mamá y desde temprano ella trabajó en la defensa de los derechos humanos”, decía Bertha en ese mismo reportaje.
Su madre, doña Berta, fue partera, enfermera y alcaldesa y en la peor época de la represión de los 80 se dedicó atender la salud de refugiadas salvadoreñas.
“A mi madre le tocó vivir dictaduras, golpes de Estado, y hasta hoy en día me motiva para continuar con esta lucha”.
Solo pido que investiguen bien lo sucedido, que no se precipiten en conclusiones tontas y que no traten de ocultar los motivos reales de su asesinato.
Seguramente habrá más de alguno que querrá desvirtuar la lucha de Berta Cáceres. Dirán que no era lenca, que era vividora, que era acomodada, que todo era puro show.
Espero que los medios no repiquen las estupideces que inevitablemente comenzarán a lanzar, como chismes baratos, aquellos que se vieron amenazados por esta mujer de huevos.
Yo solo puedo decir que Honduras acaba de perder a una hija valiente.
¡Qué manera de comenzar un nuevo día!
Allá arriba, en su cuarto, mi hijo duerme, en paz y ajeno al mundo -y más dolorosamente-, el país, en el que le toca crecer.

























