Otra “payasada” más de la Fiscalía: ensañarse con esta familia sampedrana

Los culpables del Trans: libre. Los que sacaron 40 millones en carretillas del Banco Central: libres. Los que decidieron a la fuerza que la reelección es legal: libres. Los que dieron golpe militar en 2009: libres. Los que se robaron el dinero de la Cuarta Urna: libres. Los que a diario nos extorsionan con el peaje: libre.

Los que se robaron fusiles en las bodegas militares: libres. Los policías que secuestraron y asesinaron: libres.

Libres, libres libres… los verdaderos delincuentes de este país están libres, pues son poderosos y tienen cómo torcerle la mano a la justicia.

Pero, ¿y los pobres?

Caso número 1: Kevin Solórzano, el estudiante universitario que ya lleva dos años encerrados por un chisme barato, según ha reconocido un agente de investigación de la Policía Militar, quien fue, a su vez, el que les dijo a los fiscales que el muchacho era sospechoso porque había estado platicando con otros tres amigos del asesinato del fiscal Edwin Eguigure.

Y allí pasará, tras las rejas, la Navidad y el fin de año, a la espera que a la bendita justicia hondureña le ronque reiniciar el juicio después de las “merecidas” semanas que, truene, llueve o relampaguee se da.

Caso número 2: la familia de payasitos de San Pedro Sula. Fue una historia conmovedora, pues se trataba de humildes sampedranos que se disfrazaban de payasos (el padre, la madre y los cinco niños), para ganarse la vida.

Pero la Fiscalía (oh, qué velocidad), acaba de acusar a los padres de explotar a sus hijos y de mendicidad, y los ha separado.

Según nota de diario EL HERALDO, David Alexander Abrego (papá) y Claudia Erazo (mamá) fueron llevados a prisión y sus cinco hijos a la Dirección de Niñez, Adolescencia y Familia (Dinaf).

Si Honduras fuese un país en donde se aplica la ley a cabalidad, sin importar clases sociales, apellidos, influencias y demás, seríamos los primeros en felicitar a los fiscales.

Sin embargo, no podemos aplaudir esta “payasada”, cuando hay miles de niños que son explotados diariamente en los bulevares y semáforos, a vista y paciencia de las autoridades.

Estos padres más bien deberían ser premiados, porque en lugar de enviar a sus hijos a pedir, se ingeniaron una forma divertida y atractiva de luchar y salir adelante.

¿O prefieren que dejen a los niños solos en casa, expuestos a los peligros de un incendio, un robo e, incluso, de la presencia de adultos perversos y con malas intenciones?

Tal vez algún día termina el circo de la justicia hondureño y en lugar de hacer show con los más frágiles, se les paran de tú a tú a los ladrones que tienen hundido a este país en la miseria, provocando que familias como la de los payasito sampedranos, tengan que ingeniárselas para sobrevivir.