La cancha de La Vega de Tegucigalpa no produce mejores jugadores. Si eso fuese verdad, Honduras sería potencia a nivel mundial.
Jugar en una cancha irregular, de polvo y turuncas, pone en riesgo la salud de los niños, pero a nadie parece importarle la situación.
Yo, en lo personal, no acepto ni me resigno a ver a niños menores de 12 años raspados o con los tobillos doblados por culpa de estas “canchas” que no son canchas, sino pedazos de tierra con pedazos de grama y donde no se puede jugar bien.
Así de claro.
Es una vergüenza que ni la Federación de Fútbol, ni los equipos de la Liga Nacional, ni los delegados de los clubes del torneo menor, se interesen por cambiar de tajo esta situación. Les vale.
Las Ligas Menores de Tegucigalpa (oh, Dios, la capital del país), se quedaron estancadas en las épocas de las cavernas, y subsisten gracias al esfuerzo de entrenadores abnegados y el dinero de los padres de familia.
Da risa, pero hay que pagar para que los niños jueguen en esta porquería.
Un niño no puede mejorar su técnica y desarrollar su juego si la pelota le llega dando tumbos o le zigzaguea como serpiente, o le rebota por culpa de una piedra y le termina dando en la rodilla.
Si los niños votaran en las elecciones, no dudo que ya estaríamos escuchando propuestas de los candidatos para sacarlos de una vez por todas de esa zona.
Lamentable es también la apatía de decenas de ex jugadores que tampoco hacen nada y prefieren andar recogiendo las migajas que les cae del poder.
Es mentira que no ha opciones en Tegucigalpa. Sí hay canchas. Pero para encontrar una solución hay que ponerse a pensar con el CEREBRO y el CORAZÓN, y no con el bolsillo.
¿Por qué se oponen a que los niños jueguen en canchas de grama sintética, así como lo hacen los brasileños, los argentinos, los ticos, los mexicanos, los gringos, los alemanes, los italianos…?
No es asunto de presupuesto. Es de tener el deseo.
A eso hay que agregarle que los niños -y los padres de familia-, deben orinar al aire libre, pues no hay servicios sanitarios habilitados.
¡Saquemos a los niños del potrero de La Vega!
















